+34 810101123
31 octubre, 2020

Malos tiempos para quienes pensamos diferente, para quienes miramos la movilidad ciclista en las ciudades desde un prisma más amplio y que no nos resignamos a circular sólo por donde nos deje el camino de pintura roja mientras los coches perpetúan la usurpación de la mayor parte de un espacio público que pagamos todos. Aunque no somos pocos los que nos esforzamos en comunicar que otra forma de ciclismo urbano es posible, los adalides del pensamiento único siguen poniendo trabas a la libre circulación de ciclistas por Madrid.

Prueba es el despropósito de artículo publicado por un medio presuntamente serio como El País, aunque de entrada su autor tenga un largo historial de sesgo y afinidad hacia quienes llevan varias décadas tratando de sacar a las bicis de la circulación.

Arranca el texto con la primera falacia: con motivo de la pandemia las ciudades europeas están quitando espacio al coche para dárselo a la bici. Para dar migajas a la bici debería decir porque arrinconar a la bici en un escaso metro de ancho entre los coches aparcados y sus puertas que se abren sorpresivamente y los coches que, viendo el hueco, no dudan en adelantar sin mantener la mínima separación lateral. Los que practicamos ciclismo de carretera sabemos en qué consiste el juego. Pues imagina en ciudad con unos carriles más estrechos. Algo que en Madrid, donde desde hace años contamos con plena legitimidad legal para utilizar la totalidad del carril, como cualquier otro vehículo, sencillamente no necesitamos. Pero ya se sabe, la ciudad es peligrosísima y los conductores desayunan pensando en el número de ciclistas que van a atropellar ese día para continuar añadiendo muescas a su volante.

Rechazamos las bicis confinadas en carriles bici en Madrid

Una bicicleta y un VMP esperan un semáforo junto al Retiro. Foto @MadCycleCuqui

Por cierto, resulta admirable que el autor alabe las actuaciones con pintura y conos cuando se hartaron de criticar los ciclocarriles 30 por ser ‘sólo pintura’

Siguiendo con las joyas del mencionado texto se adentra en una comparación con otras ciudades europeas volcadas en la vorágine de a ver quien tiene más carriles, sin reparar en ningún caso en el coste desorbitado de unas infraestructuras que lejos de ponérselo difícil al coche, buscan apartar al ciclista de la circulación dejando vía libre a los ‘Reyes de la ciudad’. Curiosa manera de resolver los problemas de atascos. También se ahonda en la falacia de que si se hacen carriles los ciclistas aparecerán en masa, por generación espontánea, pese a que los más de 300 km de carriles existentes en nuestra ciudad no lo hayan conseguido (curioso que se falsea a la baja el número de vías ciclistas existentes en Madrid). Poco se menciona que la bici se comenzó a convertir en un vehículo habitual en nuestras calles a raíz de la creación de bicimad, que dejó sin excusas a quienes afirmaban que Madrid no era para las bicis porque había muchas cuestas.

Por supuesto no se duda en señalar las amplias cotas de reparto modal conseguidas por la bici en ciudades como Vitoria, Valencia o Sevilla, imagen patria de sus añoradas Copenhague o Amsterdam, sin plantearse en ningún momento de dónde salen esos ciclistas. Tristemente, el mantra de ‘una bici más, un coche menos’ se cae por su propio peso cuando examinas el resto del reparto modal y descubres que el porcentaje de uso del coche en estas ciudades es superior a Madrid. Sí, también las bicis, a costa de un menor uso del transporte público y de algo tan de nuestras ciudades como es caminar. Se ve que eso de andar o meterse en un tren, metro o autobús es cosa de pobres. Porque la bici es sólo un actor más, incluso no el más importante en el futuro de la movilidad sostenible a la vista del auge de los vehículos de movilidad personal. El objetivo real no es ‘las bicis’ sino ‘menos coches’ y de momento, no parece que los números den la razón a estas modernas urbes plagadas de caminos rojos.

Continúa el autor analizando la tipología de los carriles bici y, como resulta habitual, resulta que los de Madrid no están bien hechos. Nunca lo están. Si no es por las aceras bici que invaden el espacio del peatón es que no están conectados y no te llevan desde la cama hasta la mesa de la oficina. Otra llantina más frente a quienes desde hace tiempo disfrutamos de la legitimidad que nos concede la ordenanza de movilidad sostenible y disfrutamos de la libertad de circular por cualquier punto de la ciudad, incluyendo algunos tan atípicos como poder llegar al aeropuerto dando pedales. Poca referencia se hace a los peligros que generan los carriles, inherentes al concepto de apartar las bicis un lado y que quedan patentes cuando pedalear en la zona de apertura de puertas de los coches aparcados o quedar en el punto ciego de los coches y fuera del flujo natural de circulación en cada intersección. Sin embargo sí se insiste en que, cuando acaban los carriles, el ciclista queda en medio de ‘la jungla de tráfico’, perpetuando el discurso del miedo y de que pedalear por la ciudad es peligrosísimo, algo que las estadísticas nuevamente se encargan de desmentir.

Resulta frustrante comprobar cómo se mantienen los mismos mantras desde hace décadas, unas consignas en las que casi todos los que pedaleamos sin limitaciones cada día por Madrid hemos creído en alguna ocasión y que el inconformismo o nuestras inquietudes nos han llevado a superar: integración frente a segregación. El ciclista como usuario de pleno derecho de la vía pública frente a quienes renuncian a la legitimidad de uso que reconocen las leyes.